8 de mayo de 2008, 02:00 AM
A diferencia de Ramón DÃaz, y felizmente, Diego Simeone no habló del referà ni de los asistentes del partido de hoy. Bueno, en realidad no habló. No emite vocablo, en forma pública, desde hace ocho dÃas, instantes después de la derrota con San Lorenzo en el partido de ida.
En rigor, River le paga para conducir su plantel profesional, con la enorme carga que eso supone en tiempos flacos en materia de conquistas. No le paga para hablar, aunque como hombre inteligente que es sabe que la gente necesita escucharlo. Es más, él mismo, sin que nadie se lo impusiera, se propuso tener contactos con los medios tres veces por semana. No ha faltado a su palabra, incluso cuando le tocó perder. Es de dar la cara. La dio siempre, con o sin cuchillo entre los dientes.
Por eso, no se entiende el mutismo que adoptó desde que River cayó ante Boca en el superclásico. ¿Busca evitar alguna palabra fuera de lugar en el momento más tenso de su corta gestión? Simeone no es Caruso Lombardi ni Gallego. DifÃcil resulta imaginar un desliz propio de la diatriba. Ergo, nadie le va a sacar lo que él no quiera decir. Caben diversas interpretaciones entonces, pero no dejan de ser apenas eso. La verdad es suya, le pertenece. Y como no habla...
Más que para la prensa, el pensamiento, las sensaciones, las convicciones de Simeone eran, son y serán valiosas para la gente. Que esperó, en vano, un mensaje del capitán del barco. Más capitán que nunca en este momento de River, dada la carencia de referentes. Nadie duda de las buenas intenciones y disponibilidad de los jugadores que sà transmitieron su visión en estas horas, pero no alcanza.
Se juega, Simeone, tanto como Ramón DÃaz, y no sólo el pase a cuartos. Se están jugando, en el tiempo, quizá más que la Copa y Japón. ¿Por qué no Brasil 2014?
Pero esa una historia futurista. Faltan las respuestas de hoy. Falta, también, que se saque el cuchillo y vuelva a hablar.
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