La Nacion

Hay que mirar a Mitterrand

20 de julio de 2008, 02:00 AM

François Mitterrand asumió la presidencia de Francia en 1981, en un contexto de enormes expectativas sobre todo por su compromiso por retomar la senda del crecimiento económico y reducir el desempleo. Tras el fracaso del gobierno de centroderecha de Giscard d Estaing, el retorno de la izquierda al poder generaba aires de entusiasmo entre muchos franceses, quienes confiaban que el experimentado político lograría sacarlos de la profunda recesión en la que estaban inmersos.

En un comienzo, Mitterrand desplegó una estrategia típica de la izquierda europea de la segunda posguerra, aunque ya anacrónica para esos tiempos: aumentó los impuestos, nacionalizó la banca y se embarcó en una interminable espiral de gasto público. El experimento fue un fracaso absoluto: fuga de capitales, crisis generalizada de confianza y rápida pérdida de su capital político y electoral.

Ante semejantes circunstancias, el presidente francés realizó un giro pragmático y muy radical de su política económica. Obligado por la dura crisis y priorizando la gobernabilidad, instrumentó un programa de estabilización basado en un paquete de medidas muy audaces para recuperar la confianza, promover la inversión y retomar la senda de la racionalidad. Resultó una combinación de medidas ortodoxas y heterodoxas, incluidas decisiones que ni siquiera un gobierno conservador como el de Giscard d Estaing se hubiera animado a tomar.

Así, en un contexto de fuerte estancamiento e inflación desbordada, con un desempleo mayor al 10%, Mitterrand aplicó una batería de medidas deflacionarias (incluido un congelamiento de precios y salarios), abandonó definitivamente la política de nacionalizaciones y decidió permanecer en el Sistema Monetario Europeo como señal de certidumbre a los mercados financieros.

Así, el socialismo francés experimentó un proceso de aggiornamento y modernización que potenció su convergencia con las tendencias de vanguardia del progresismo de los países desarrollados, y que sirvió de fuente de inspiración para otros partidos europeos y del mundo.

* * *

Lamentablemente, aunque la Argentina comenzara ya mismo a recuperar todo el tiempo que incomprensiblemente sigue perdiendo entre debates con y del pasado y conflictos tan exagerados como innecesarios, no podríamos llegar a 2010 con un reconocimiento similar del mundo, luego de haber hecho tanto para arruinar nuestra propia imagen y posibilidad de progreso. Sin embargo, es evidente que hay mucho para aprender de la experiencia gala.

Todos los presidentes comenten equivocaciones, sobre todo al comienzo de sus gestiones. Fueron muy duros no sólo los primeros años de Mitterrand, también los de su contemporáneo Ronald Reagan y los del propio Bill Clinton. Estos dos últimos perdieron claramente en la primera oportunidad en que se sometieron a la voluntad popular, en las elecciones de mitad de mandato. Pero terminaron ajustando sus políticas, y ambos son respetados y recordados hoy, por diferentes motivos, como grandes presidentes.

Lo importante es reconocer los errores, rectificar actitudes y preconceptos, abrirse a nuevas ideas, escuchar sugerencias de especialistas objetivos y con una formación adecuada, y diseñar un plan de gobierno consistente, comunicable, que responda a las demandas de la sociedad (y no a los caprichos de sus gobernantes) y que sea homologable con los de otros países democráticos y prósperos.

Cristina Kirchner tiene ahora una enorme oportunidad para cerrar este capítulo tan negativo y frustrante: aún está a tiempo de reinventar su liderazgo y de reposicionar a su gobierno. Ello requiere un cambio integral del elenco gobernante, de las políticas hasta ahora desarrolladas y, sobre todo, de la actitud hacia la realidad compleja que le tocó enfrentar. Con una soberbia incomprensible y una tozudez que esconde más inseguridad que convicciones, ella y su marido construyeron pacientemente una tormenta perfecta.

Debe elegir si quiere ser recordada como "la presidenta que no fue", o como la que se sobrepuso a la adversidad, corrigió el rumbo a tiempo, aprendió de sus errores y se ganó el respeto de sus connacionales y del mundo entero. La experiencia de Mitterrand puede ser una buena fuente de inspiración.

RECOMIENDA ESTE ARTICULO

Mi recomendación es:

Promedio (Not Rated)

0.0 stars